martes, 15 de marzo de 2016

1986 Karate en Segorbe

La erosión del tiempo, aunque no exista más que en el percibir mental, se distingue en los rostros, también en los lugares, como el escenario en que se hizo aquella demostración de Karate, en septiembre de 1986, en Segorbe, la tierra donde me posé al nacer.

La nostalgia de la juventud surge, a veces, como una resistencia contra la erosión, pero en mi “yo” de aquel entonces no es solo juventud lo que veo, más que eso veo inexperiencia, ignorancia, e incluso una arrogancia que desafía al tiempo, pero también algo que no vibra en todos y que se forja en la fragua, con el templado.

La diferencia es abismal, veo ahora, en mi edad añosa, cualidades que no puedo encontrar en aquellos tiempos, como en esta antigua demostración. Pero no las da el tiempo, como algunos piensan, sino el ser un buscador nato, un espíritu independiente que, accidentalmente o no, descubre que no existe ningún “yo” que proclamar.

Me he obstinado en sacar a la luz ese raudal oculto que con tanta facilidad se convierte en un fósil. No se puede dejar de aprender, no se puede dejar de vivir. Pero vivir es morir y por eso tengo pensado morir como un “mushashugyosha”, un guerrero errante que sabe morir con los ojos cerrados.

Eso indica que todo ha ido bien, una vida plena y utilizada al máximo, sin anhelar demasiado, sin esperar nada, salvo lo inesperado. Sin necesitar gran cosa, haciendo hervir la alegría que no precisa de absolutamente nada y que viaja junto al infinito poder del no-yo. Pero antes uno tiene que aprender a ser consciente de ser consciente.

El arte es algo sacro, no una rutina, y las artes marciales son arte. Debe uno evolucionar en ellas sin el lastre de los grados, títulos, premios, reconocimientos que guardar en una gélida nevera. Me emociona poder decir que antes era un karateka, pero que ahora soy arte en un corazón que late. De la misma manera, las técnicas “waza” deben intuirse como “Kami-waza”, es decir, que roza lo sagrado.

La práctica me ha llevado más lejos que el concepto de deporte y técnica. Pero no es fácil avanzar sin el espíritu que observa y que también es cotidiano. Ese espíritu es asimismo Zen, pues, cada día menos, comemos cuando estamos comiendo o dormimos cuando estamos durmiendo a pesar de tener hambre o sueño.

No practicamos las artes marciales, tampoco, cuando estamos practicando. Todo toma un camino equivocado en el que se hacen cosas, pero en realidad se está pensando mientras se hace y eso arruina la experiencia y el saber. Lo que se piensa son las técnicas, lo que uno ostenta, lo que uno pretende, etc.

Ahora, al cabo de tantos años, sé que lo que importa no es la erosión en los rostros, sino el cambio en el carácter. Porque si no hay cambios es que algo anda mal y para saberlo hay que abrir la consciencia como la flor de loto. Eso, sin olvidar aquellos años, un recuerdo que es un presente a mis compañeros de entonces.

Con Kimochi,
Arigato Gozaimashita




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