domingo, 7 de febrero de 2016

Un punto de equilibrio en el corazón del hombre.

Las artes marciales se han colocado en dos opciones, dos interpretaciones, dos enfoques: uno externo y otro interno. Con el primero se enseñan las técnicas, lo que el cuerpo es capaz de hacer con un entrenamiento, a golpear fuerte con las manos y los pies, a derribar y luxar con contundencia.

Sin embargo, una mula será capaz de dar coces, mucho más fuerte que patadas un hombre, el zarpazo de un oso será muy superior a cualquier puñetazo, un toro nos hará volar por el aire sin entrenamiento alguno y una boa nos estrangulará hasta asfixiarnos, en segundos.

Naturalmente, no hace falta vencer a un oso, basta con una persona, se persuadirá cualquiera. ¿Y si lleva una ametralladora? Ah, no, hablamos de deporte, basta con ganar la batalla controlada. O un altercado callejero de poca monta. Da lo mismo, pero la práctica está dirigida al cuerpo, por eso se entrena el músculo, se golpea a un saco y se endurecen los miembros.

El otro enfoque es interno, no trata de derribar enemigos físicos por la fuerza, ni por la mera técnica. Estos son otros, la ira, el miedo. Pero sobre todo el enemigo es uno mismo, por lo tanto apunta al crecimiento interior, dando importancia al Ki, un término indefinible que tiene sus escépticos y sus fanáticos.

En este punto sobreviene un problema que no es menos limitante que entrenar para golpear fuerte. Algunas personas no entienden la práctica interna y la convierten en ilusionismo, pegan su Ki al engreimiento, de la misma forma que otros pegan su engreimiento a sus músculos, pero no crecen por dentro, más que en sueños de grandeza. No comprenden el Ki ni la respiración.

¿Qué hacer, entonces? Bueno, a mí no me gustan los extremos. Por eso me retiro de los deportes que no tienen espíritu, pero también de un exceso de misticismo, que no necesariamente conlleva espíritu. El término medio y el espíritu, yo lo encuentro en el Budô, por lo tanto no hay mucha diferencia entre Boxeo, lucha libre y Karate, por ejemplo, pero sí la hay si hablamos de Budô-Karate o cualquier otro Budô.

Siendo así, podemos unir la mente al cuerpo, pues de lo contrario, unos usan solo el cuerpo y otros la mente creyendo que es el espíritu. En cualquier caso, puedes decidir golpear con un pie, por ejemplo, pero entre esa decisión y la acción pasa demasiado tiempo. El que se entrena solo en lo físico no decide a tiempo. El que descuida el cuerpo no lo mueve a tiempo.

A veces hablamos de expresar los movimientos, pero la más bella expresión surge de la perfecta unión entre cuerpo y mente. Y cuando esto ocurre los movimientos fluyen en el Ki. Pero no es algo místico para mí, sino algo propio de la naturaleza salvaje. Los animales se mueven con esa unión de cuerpo-mente. Pero en nosotros cada cual va por su lado y eso influye incluso en la salud.

La mente impone criterios al cuerpo que son contrarios a su inteligencia, de modo que la energía, el Ki se divide en partes que luchan entre sí. Es fácil enfermar de esta manera y, de la misma manera, en las artes marciales, hacemos que la mente y el cuerpo se enfrenten, en vez de trabajar juntas en un punto de concentración. Hemos oído decir “mente sana en cuerpo sano”, pero no es más cierto que su contrario: “cuerpo sano en mente sana”.

Como he contado algunas veces, hago técnicas imposibles de hacer en ciertas circunstancias, pero se debe a que mi mente y mi cuerpo trabajan juntos. Cada técnica se desarrolla de un modo natural y la naturaleza expresa lo interno y lo externo al mismo tiempo. En cierta manera las artes marciales soportan el artificio, como todo, pero la mente es la que contiene los artificios. En ese estado irreal, no puede decirse que uno está practicando correctamente. Así pues, entre lo externo y lo interno hay un punto de equilibrio en el corazón del hombre.




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