viernes, 9 de octubre de 2015

Mushotoku, no objeto

Las artes marciales, al igual que cualquier otra cosa, suponen un fatigoso camino para llegar a algún lugar, un objetivo. Sin embargo, la fatiga no se debe al esfuerzo de caminar, sino al ansía del objeto. Se tiene la idea de que hay que franquear etapas o quemarlas si se tiene prisa. O estancarse en ellas, cuando uno divaga con lo que quiere hacer.

Ya se sabe además que hay gente que, viendo el camino largo y penoso, desiste de recorrerlo, le resulta incómodo. Pero es incómodo cuando tiene artificio. Lo que quiero expresar es que el hacer debe ser un arte sin artificio, lo que equivale a un no hacer. ¿Y cómo va a entenderse esto? Quien quiera entenderlo tiene que volver al punto de partida, al inicio de la práctica.

En el sentido práctico, no se debe emplear toda la fuerza en una acción, lo ideal es dejar que los brazos y las piernas se muevan. Y he aquí la actitud correcta: mira impasible la acción de tus propios brazos y piernas, no pienses en las técnicas, no apliques estrategias, no pretendas una victoria tampoco. Por supuesto, uno debe permanecer relajado en el instante anterior a cada movimiento.

No puedo hacerlo, es la conclusión más frecuente. Es al mismo tiempo chocante no poder hacer algo sencillo y sí lo revestido de complicación. Es lícito, supongo, para quien así lo quiera, pero veamos, por ejemplo, la causa más probable de que una persona abandone la práctica de las artes marciales.

Casi siempre es el objeto. Si se practica por hacer ejercicio, por estar en forma, por aprender a defenderse, para estar más sanos, por presumir, para ser más fuertes, ganar torneos, etc., nos encontramos con que estos son las metas y no el arte marcial. Pero son metas equivocadas y complejas en el tumulto del pensar. Cuando se pierde interés por cualquiera de estas cosas, no hay continuidad en la práctica.

Si la meta es el arte marcial, es decir, practicarlo, es lo mismo que decir que la meta es el camino. Esto es “sin objeto” o Mushotoku. Y hay algo más que quizá no sea tan obvio, y es que si el camino es el objeto este resulta placentero. El resto son obligaciones y no es cosa que guste al espíritu humano, más allá del concepto moral.

Ahora bien, tiene que vibrar un diapasón, algo interior ha de ser tocado, y cuando esto ocurre la práctica no se interrumpe. Sin embargo, hay que distinguir entre esto y que no se interrumpa por estar ganando dinero u honores. Son cosas muy diferentes.

La vida humana parece estar condicionada a algo (casi siempre artificial), una meta gloriosa o humilde, un destino de cualquier clase, ya sea insigne o superficial. Es una condición innatural, pero irremediable a juicio de la mayoría. Pero no hacer de la meta una ajena al camino, es algo que atañe a todas y cada una de las actividades humanas, aunque lo que nos ocupa ahora son las artes marciales.




Para estar en la onda de lo que digo, uno tiene que ser consciente, primero que nada, de su inspiración y espiración. La respiración es algo que pasa desapercibido, pero nada puede realizarse sin la conjugación de ambos movimientos, los que generan la vida. Eso basta para mantenernos relajados, pero si uno se esfuerza en respirar y estar relajado pronto descubrirá que eso mismo es un problema.

Únicamente hay que ser un testigo de la propia respiración y de los movimientos que uno mismo realiza. Concentrarse en esto no es lo mismo que esforzarse en ello. Resulta demasiado simple y extraño cuando todo el mundo concibe la práctica exclusivamente en el marco de las técnicas y de la preparación física. Ambas son necesarias, pero como mínimo es indispensable hallar un punto medio, puesto que ese punto es el punto de equilibrio.

En el combate nos encontramos con dos extremos, lo que no es nada raro, pues el ser humano tiende siempre a los extremos, probablemente por serle más fácil en un mundo de dualidad. Lo difícil es ser el eje de tu propia rueda y no dar vueltas, pegado a los radios. Unos son esquemáticos y mecánicos, no son naturales, carecen de espontaneidad e intuición. Otros son todo lo contrario, se dejan llevar por un instinto salvaje y actúan emocionalmente.

Ambos extremos producen insatisfacción y conducen a una probable derrota. Pero si nos situamos en el centro, solo por eso, experimentar calma es inevitable y está uno en condiciones de enfrentarse a cualquier situación. No obstante, no es suficiente con que yo explique cómo proceder, es necesario fracasar primero, intentar en vano la destreza e incluso la maestría.

¿Y por que razón esto es así? Porque forma parte de la preparación para dominar el arte y no ser dominado por él. En verdad, hay que pasar antes por la técnica, por el método, por el concepto, pero también llega el momento de no quedar anclado para siempre en todo ello. Hacer sin hacer, incluso pensar sin pensar o caminar sin caminar, por no decir, combatir sin combatir, no es fácilmente aceptable. Pero si se acepta se habrá dado un gran paso. Llegar a aplicarlo es cuestión de práctica.

Una vez se está en la línea del no objeto, se estará en el instante presente. Es aquí donde se crea poder, al contrario que pendientes de la técnica y de otros cometidos, los cuales se ubican en el pasado y en el futuro. Uno recuerda la técnica (pasado) y trata de aplicarla para lograr un resultado (futuro). Pero en el presente, uno aguarda la evolución o más bien la madurez. Cuando la fruta está madura cae. Aunque la mayoría de  personas jamás maduran, solo repiten sus técnicas o hacer aprendido.

En un plano más elevado, el no objeto se relaciona con la no resistencia. Quiere decir que uno no se resiste al momento, lo que no ha de confundirse con resignarse a una situación. En vez de oponerse a los movimientos del adversario, uno cede a ellos, pero para poder hacer esto es necesario la interiorización y la interrupción de los pensamientos; por eso concentrarse en la respiración es mejor que concentrarse en el oponente.

No es que nos hallemos distraídos o que no se tengan en cuenta las acciones de la otra persona, pues cuando uno está concentrado en su respiración va a estar alerta de todo lo que lo rodea y su reacción va a ser rápida y natural. Intocable parece el agua y se puede discutir cuanto se quiera, pero cuanto más nos acerquemos a ella, en un gesto de sensibilidad, más eficacia se generará.

Hay pues dos clases de artistas marciales, los que solo cuentan con su físico y los que cuentan además con algo invisible que anida en ellos. Para verlo, para sacarlo a luz, es indispensable desprenderse de metas, técnicas pensadas, ideas vencedoras, ego, en una palabra. Si se escruta bien el estancamiento humano, se verá que en lo que concierne a las artes marciales ocurre lo mismo. Sé un guerrero, pero cimentado en algo sólido y las meras técnicas o fuerza física no lo son.

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