viernes, 2 de octubre de 2015

El sentido de Budô

Acostumbrados a la lingüística y a los protocolos, el Budô se traduce como artes marciales, más literalmente: la vía de la guerra, una variante del Bushido, el cual significa la vía del guerrero. En cuanto a protocolo, se le relaciona folklóricamente con la cultura japonesa, y eso es todo; somos una raza (la occidental) que solo entiende de palabras, no de sentir.

La actitud general es repetir o, en su caso, desarrollar técnicas de combate entre amasijos de conceptos. El talento nos priva de sentir y entre los conceptos hay una aureola deportiva. Es una actitud superficial, por consiguiente. Y vaya esto a bastar para los que aspiran a hacer deporte o para los que todo se reduce a un conjunto de técnicas, cuya sobra te pueda hacer más eficaz en un supuesto inverosímil.

Todo lo contrario, te juegas el todo por el todo y en ello está el espíritu con que uno hace, vive, en una palabra. El pueblo japonés vive con una entereza impensable en occidente, no es de extrañar el Samurái, el Kamikaze o el superviviente de Hiroshima o Fukushima, por expresarlo de algún modo. El trasfondo de esa cultura es el Budô, pero no vaya a pensarse que se encuentra exclusivamente en las artes marciales, también en el arreglo floral, en la ceremonia del té, en la pintura, en la vida cotidiana, en definitiva.

Cuando se piensa en la influencia del Zen sobre los japoneses, no hay que olvidar tampoco que el Budô ha sido influenciado, asimismo, pero ambos, Zen y Budô, comparten algo esencial: la concentración en el vacío y la entrega al instante presente. En lo que concierne a las artes marciales, si no hay Budô, no hay fuerza interior, y si no hay fuerza interior no hay nada que valga la pena.

El espíritu Budô se halla ausente incluso en la práctica de las artes marciales tradicionales, una vez el enfoque es deportivo o de mera autodefensa. Ocurre en el karate, en el kendo, incluso en el Aikido. Pero si aquí brilla la ausencia, en los deportes modernos de combate el desconocimiento es absoluto. Todo se reduce a técnicas de combate más o menos letales que, sin embargo, no se diferencian entre sí más que en la forma, es decir, el concepto.

El otro día empujé con las manos en el pecho, a un alumno, y se desplazó un par de metros. Es lo que los pendencieros suelen hacer para a continuación darte un puñetazo en la cara. ¿Cuál es tu problema? Le pregunté. No haces Budô. Le expliqué que estar pendiente de la técnica que va a realizar el otro o uno mismo no es Budô. Entonces, si damos un paso atrás, en el tiempo, cambiamos la actitud y el resultado es diferente.

Lo hice saludar con Kimochi, es decir, con sentimiento, de manera que un escalofrío agradable le corriese la espina dorsal, concentrado, con la mente vacía, en el presente. En verdad, el instante de saludar es un instante de vacío mental que puede prolongarse. Apenas hizo el saludo lo volví a empujar, pero no se movió. ¡Eso es Budô! Le grité. Su cambio de actitud y el impacto recibido, tuvo como consecuencia que él se emocionara, le caían las lágrimas.




Todo gesto vital es un gesto de poder interior, algo que traspasa las limitaciones. De la misma manera, el combate debe poseer ese gesto o actitud, pero desgraciadamente los que creen poseerla, en realidad, están haciendo uso de la agresividad. Es más, creen más efectivas sus técnicas si las revisten de agresividad. 

Es así porque solo se tiene para comparar la actitud de miedo o la falta de motivación, como en el caso de querer ganar un torneo, imaginando los honores que vengan a continuación. Pero el espíritu Budô es cosa distinta y muy superior a todo ello. La actitud de combate que parece intercalarse entre la agresividad y el miedo o la preocupación por la técnica a realizar no es la actitud que debe tenerse en las artes marciales.

El combate agresivo, al igual que la ira en la conducta, alberga grandes dosis de miedo que uno no quiere reconocer. Es como decir: no quiero ser débil. Pero si quieres ser fuerte, tú eres fuerte de antemano, todo lo que tienes que hacer es anular o controlar tu ego. Por eso el protocolo de la cultura japonesa tiene su fundamento, no es mero folklore.

Y a esto hay que añadirle la idea de que un brazo o una pierna, es decir, un golpe dado con ambos tiene una extensión espiritual. Eso significa que el acto de ejecutar una técnica va acompañado de un ritmo de respiración sereno, una mente tranquila y vacía; eso hace que la energía vital fluya y que el cuerpo responda sin tiempo muerto. El eco sigue al sonido. O mejor dicho: el hombre sigue al Universo.

Más aparte, lo admirable es neutralizar la violencia, reinante y creciente, en este mundo de infelices caminantes sin rumbo. Cuando algo no funciona, el resultado puede ser penoso o grotesco. Pero el hombre quiere neutralizar la violencia con violencia, una estupidez de alto rango. Además, ¿quién va a creer que el hombre y el Universo tengan algo que ver? Menos aún en la práctica de las artes marciales; la guerra es la guerra, piensa uno.

Considero que hay un problema mayor que el de practicar deporte o ser un técnico, y es hacerlo con la vestimenta del Budô. Y me he referido a ello al principio, pero insisto porque el hábito no hace al monje. Y puede que se disfrace con el hábito el peleador nato, quien al menos tendrá cierta eficacia, pero se viste también el inepto que jamás tuvo una idea clara acerca de las artes marciales.

El sentido de Budô no es gratuito, primero tiene que vibrar el diapasón en el alma y después uno tiene que practicar duro en la dirección adecuada. Hoy, como siempre que los valores del practicante honesto han sobrevivido, es indispensable estar concentrado en un punto, ser un buen ejemplo para todos y seguir el mismo ejemplo en otras personas. Conviviendo juntos, lo esencial es perfeccionar el carácter mientras se practica.

Es además, sobremanera trascendental, la sinceridad del practicante, pues lo peor del engaño es el autoengaño. Esa sinceridad nos ayuda a estar focalizados y a poner el alma en lo que uno hace. Realmente esto último no abunda, pues la mente anda dispersa en todos los campos del hacer humano.

Téngase presente que en la vida del practicante de Budô el interior debe ir creciendo; así, crece el respeto por los demás y por uno mismo, la compasión y el amor desinteresado. El odio está fuera de lugar y debe cultivarse el autocontrol, tal como uno avanza en eficacia, observando con atención la legítima defensa. Ni Sente Nashi, no hay ofensa, o todo movimiento es defensa, no ataque, lo expresa con profundidad.

En última instancia, de lo que se trata es de hallar la perfección en la imperfección y al contrario, la imperfección en la perfección, para avanzar. Esto, naturalmente, se refiere a uno mismo y se revela en autoconocimiento. En este sentido, lo importante no es el error que pueda haber, sino la consciencia del error. Para los practicantes sinceros, ahora y siempre, es el momento del Budô.

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