domingo, 18 de octubre de 2015

1986 Demostración de Karate

Una reliquia rescatada del pasado... aquí teníamos veintitantos, yo concretamente veintiséis. Iremos rescatando cosas aún más antiguas…


miércoles, 14 de octubre de 2015

Fuerza o poder

El artista marcial no debería quedar atrapado en el mundo de las formas; de lo contrario, no podrá superar su fuerza física y transformarla.



viernes, 9 de octubre de 2015

Mushotoku, no objeto

Las artes marciales, al igual que cualquier otra cosa, suponen un fatigoso camino para llegar a algún lugar, un objetivo. Sin embargo, la fatiga no se debe al esfuerzo de caminar, sino al ansía del objeto. Se tiene la idea de que hay que franquear etapas o quemarlas si se tiene prisa. O estancarse en ellas, cuando uno divaga con lo que quiere hacer.

Ya se sabe además que hay gente que, viendo el camino largo y penoso, desiste de recorrerlo, le resulta incómodo. Pero es incómodo cuando tiene artificio. Lo que quiero expresar es que el hacer debe ser un arte sin artificio, lo que equivale a un no hacer. ¿Y cómo va a entenderse esto? Quien quiera entenderlo tiene que volver al punto de partida, al inicio de la práctica.

En el sentido práctico, no se debe emplear toda la fuerza en una acción, lo ideal es dejar que los brazos y las piernas se muevan. Y he aquí la actitud correcta: mira impasible la acción de tus propios brazos y piernas, no pienses en las técnicas, no apliques estrategias, no pretendas una victoria tampoco. Por supuesto, uno debe permanecer relajado en el instante anterior a cada movimiento.

No puedo hacerlo, es la conclusión más frecuente. Es al mismo tiempo chocante no poder hacer algo sencillo y sí lo revestido de complicación. Es lícito, supongo, para quien así lo quiera, pero veamos, por ejemplo, la causa más probable de que una persona abandone la práctica de las artes marciales.

Casi siempre es el objeto. Si se practica por hacer ejercicio, por estar en forma, por aprender a defenderse, para estar más sanos, por presumir, para ser más fuertes, ganar torneos, etc., nos encontramos con que estos son las metas y no el arte marcial. Pero son metas equivocadas y complejas en el tumulto del pensar. Cuando se pierde interés por cualquiera de estas cosas, no hay continuidad en la práctica.

Si la meta es el arte marcial, es decir, practicarlo, es lo mismo que decir que la meta es el camino. Esto es “sin objeto” o Mushotoku. Y hay algo más que quizá no sea tan obvio, y es que si el camino es el objeto este resulta placentero. El resto son obligaciones y no es cosa que guste al espíritu humano, más allá del concepto moral.

Ahora bien, tiene que vibrar un diapasón, algo interior ha de ser tocado, y cuando esto ocurre la práctica no se interrumpe. Sin embargo, hay que distinguir entre esto y que no se interrumpa por estar ganando dinero u honores. Son cosas muy diferentes.

La vida humana parece estar condicionada a algo (casi siempre artificial), una meta gloriosa o humilde, un destino de cualquier clase, ya sea insigne o superficial. Es una condición innatural, pero irremediable a juicio de la mayoría. Pero no hacer de la meta una ajena al camino, es algo que atañe a todas y cada una de las actividades humanas, aunque lo que nos ocupa ahora son las artes marciales.




Para estar en la onda de lo que digo, uno tiene que ser consciente, primero que nada, de su inspiración y espiración. La respiración es algo que pasa desapercibido, pero nada puede realizarse sin la conjugación de ambos movimientos, los que generan la vida. Eso basta para mantenernos relajados, pero si uno se esfuerza en respirar y estar relajado pronto descubrirá que eso mismo es un problema.

Únicamente hay que ser un testigo de la propia respiración y de los movimientos que uno mismo realiza. Concentrarse en esto no es lo mismo que esforzarse en ello. Resulta demasiado simple y extraño cuando todo el mundo concibe la práctica exclusivamente en el marco de las técnicas y de la preparación física. Ambas son necesarias, pero como mínimo es indispensable hallar un punto medio, puesto que ese punto es el punto de equilibrio.

En el combate nos encontramos con dos extremos, lo que no es nada raro, pues el ser humano tiende siempre a los extremos, probablemente por serle más fácil en un mundo de dualidad. Lo difícil es ser el eje de tu propia rueda y no dar vueltas, pegado a los radios. Unos son esquemáticos y mecánicos, no son naturales, carecen de espontaneidad e intuición. Otros son todo lo contrario, se dejan llevar por un instinto salvaje y actúan emocionalmente.

Ambos extremos producen insatisfacción y conducen a una probable derrota. Pero si nos situamos en el centro, solo por eso, experimentar calma es inevitable y está uno en condiciones de enfrentarse a cualquier situación. No obstante, no es suficiente con que yo explique cómo proceder, es necesario fracasar primero, intentar en vano la destreza e incluso la maestría.

¿Y por que razón esto es así? Porque forma parte de la preparación para dominar el arte y no ser dominado por él. En verdad, hay que pasar antes por la técnica, por el método, por el concepto, pero también llega el momento de no quedar anclado para siempre en todo ello. Hacer sin hacer, incluso pensar sin pensar o caminar sin caminar, por no decir, combatir sin combatir, no es fácilmente aceptable. Pero si se acepta se habrá dado un gran paso. Llegar a aplicarlo es cuestión de práctica.

Una vez se está en la línea del no objeto, se estará en el instante presente. Es aquí donde se crea poder, al contrario que pendientes de la técnica y de otros cometidos, los cuales se ubican en el pasado y en el futuro. Uno recuerda la técnica (pasado) y trata de aplicarla para lograr un resultado (futuro). Pero en el presente, uno aguarda la evolución o más bien la madurez. Cuando la fruta está madura cae. Aunque la mayoría de  personas jamás maduran, solo repiten sus técnicas o hacer aprendido.

En un plano más elevado, el no objeto se relaciona con la no resistencia. Quiere decir que uno no se resiste al momento, lo que no ha de confundirse con resignarse a una situación. En vez de oponerse a los movimientos del adversario, uno cede a ellos, pero para poder hacer esto es necesario la interiorización y la interrupción de los pensamientos; por eso concentrarse en la respiración es mejor que concentrarse en el oponente.

No es que nos hallemos distraídos o que no se tengan en cuenta las acciones de la otra persona, pues cuando uno está concentrado en su respiración va a estar alerta de todo lo que lo rodea y su reacción va a ser rápida y natural. Intocable parece el agua y se puede discutir cuanto se quiera, pero cuanto más nos acerquemos a ella, en un gesto de sensibilidad, más eficacia se generará.

Hay pues dos clases de artistas marciales, los que solo cuentan con su físico y los que cuentan además con algo invisible que anida en ellos. Para verlo, para sacarlo a luz, es indispensable desprenderse de metas, técnicas pensadas, ideas vencedoras, ego, en una palabra. Si se escruta bien el estancamiento humano, se verá que en lo que concierne a las artes marciales ocurre lo mismo. Sé un guerrero, pero cimentado en algo sólido y las meras técnicas o fuerza física no lo son.

viernes, 2 de octubre de 2015

El sentido de Budô

Acostumbrados a la lingüística y a los protocolos, el Budô se traduce como artes marciales, más literalmente: la vía de la guerra, una variante del Bushido, el cual significa la vía del guerrero. En cuanto a protocolo, se le relaciona folklóricamente con la cultura japonesa, y eso es todo; somos una raza (la occidental) que solo entiende de palabras, no de sentir.

La actitud general es repetir o, en su caso, desarrollar técnicas de combate entre amasijos de conceptos. El talento nos priva de sentir y entre los conceptos hay una aureola deportiva. Es una actitud superficial, por consiguiente. Y vaya esto a bastar para los que aspiran a hacer deporte o para los que todo se reduce a un conjunto de técnicas, cuya sobra te pueda hacer más eficaz en un supuesto inverosímil.

Todo lo contrario, te juegas el todo por el todo y en ello está el espíritu con que uno hace, vive, en una palabra. El pueblo japonés vive con una entereza impensable en occidente, no es de extrañar el Samurái, el Kamikaze o el superviviente de Hiroshima o Fukushima, por expresarlo de algún modo. El trasfondo de esa cultura es el Budô, pero no vaya a pensarse que se encuentra exclusivamente en las artes marciales, también en el arreglo floral, en la ceremonia del té, en la pintura, en la vida cotidiana, en definitiva.

Cuando se piensa en la influencia del Zen sobre los japoneses, no hay que olvidar tampoco que el Budô ha sido influenciado, asimismo, pero ambos, Zen y Budô, comparten algo esencial: la concentración en el vacío y la entrega al instante presente. En lo que concierne a las artes marciales, si no hay Budô, no hay fuerza interior, y si no hay fuerza interior no hay nada que valga la pena.

El espíritu Budô se halla ausente incluso en la práctica de las artes marciales tradicionales, una vez el enfoque es deportivo o de mera autodefensa. Ocurre en el karate, en el kendo, incluso en el Aikido. Pero si aquí brilla la ausencia, en los deportes modernos de combate el desconocimiento es absoluto. Todo se reduce a técnicas de combate más o menos letales que, sin embargo, no se diferencian entre sí más que en la forma, es decir, el concepto.

El otro día empujé con las manos en el pecho, a un alumno, y se desplazó un par de metros. Es lo que los pendencieros suelen hacer para a continuación darte un puñetazo en la cara. ¿Cuál es tu problema? Le pregunté. No haces Budô. Le expliqué que estar pendiente de la técnica que va a realizar el otro o uno mismo no es Budô. Entonces, si damos un paso atrás, en el tiempo, cambiamos la actitud y el resultado es diferente.

Lo hice saludar con Kimochi, es decir, con sentimiento, de manera que un escalofrío agradable le corriese la espina dorsal, concentrado, con la mente vacía, en el presente. En verdad, el instante de saludar es un instante de vacío mental que puede prolongarse. Apenas hizo el saludo lo volví a empujar, pero no se movió. ¡Eso es Budô! Le grité. Su cambio de actitud y el impacto recibido, tuvo como consecuencia que él se emocionara, le caían las lágrimas.




Todo gesto vital es un gesto de poder interior, algo que traspasa las limitaciones. De la misma manera, el combate debe poseer ese gesto o actitud, pero desgraciadamente los que creen poseerla, en realidad, están haciendo uso de la agresividad. Es más, creen más efectivas sus técnicas si las revisten de agresividad. 

Es así porque solo se tiene para comparar la actitud de miedo o la falta de motivación, como en el caso de querer ganar un torneo, imaginando los honores que vengan a continuación. Pero el espíritu Budô es cosa distinta y muy superior a todo ello. La actitud de combate que parece intercalarse entre la agresividad y el miedo o la preocupación por la técnica a realizar no es la actitud que debe tenerse en las artes marciales.

El combate agresivo, al igual que la ira en la conducta, alberga grandes dosis de miedo que uno no quiere reconocer. Es como decir: no quiero ser débil. Pero si quieres ser fuerte, tú eres fuerte de antemano, todo lo que tienes que hacer es anular o controlar tu ego. Por eso el protocolo de la cultura japonesa tiene su fundamento, no es mero folklore.

Y a esto hay que añadirle la idea de que un brazo o una pierna, es decir, un golpe dado con ambos tiene una extensión espiritual. Eso significa que el acto de ejecutar una técnica va acompañado de un ritmo de respiración sereno, una mente tranquila y vacía; eso hace que la energía vital fluya y que el cuerpo responda sin tiempo muerto. El eco sigue al sonido. O mejor dicho: el hombre sigue al Universo.

Más aparte, lo admirable es neutralizar la violencia, reinante y creciente, en este mundo de infelices caminantes sin rumbo. Cuando algo no funciona, el resultado puede ser penoso o grotesco. Pero el hombre quiere neutralizar la violencia con violencia, una estupidez de alto rango. Además, ¿quién va a creer que el hombre y el Universo tengan algo que ver? Menos aún en la práctica de las artes marciales; la guerra es la guerra, piensa uno.

Considero que hay un problema mayor que el de practicar deporte o ser un técnico, y es hacerlo con la vestimenta del Budô. Y me he referido a ello al principio, pero insisto porque el hábito no hace al monje. Y puede que se disfrace con el hábito el peleador nato, quien al menos tendrá cierta eficacia, pero se viste también el inepto que jamás tuvo una idea clara acerca de las artes marciales.

El sentido de Budô no es gratuito, primero tiene que vibrar el diapasón en el alma y después uno tiene que practicar duro en la dirección adecuada. Hoy, como siempre que los valores del practicante honesto han sobrevivido, es indispensable estar concentrado en un punto, ser un buen ejemplo para todos y seguir el mismo ejemplo en otras personas. Conviviendo juntos, lo esencial es perfeccionar el carácter mientras se practica.

Es además, sobremanera trascendental, la sinceridad del practicante, pues lo peor del engaño es el autoengaño. Esa sinceridad nos ayuda a estar focalizados y a poner el alma en lo que uno hace. Realmente esto último no abunda, pues la mente anda dispersa en todos los campos del hacer humano.

Téngase presente que en la vida del practicante de Budô el interior debe ir creciendo; así, crece el respeto por los demás y por uno mismo, la compasión y el amor desinteresado. El odio está fuera de lugar y debe cultivarse el autocontrol, tal como uno avanza en eficacia, observando con atención la legítima defensa. Ni Sente Nashi, no hay ofensa, o todo movimiento es defensa, no ataque, lo expresa con profundidad.

En última instancia, de lo que se trata es de hallar la perfección en la imperfección y al contrario, la imperfección en la perfección, para avanzar. Esto, naturalmente, se refiere a uno mismo y se revela en autoconocimiento. En este sentido, lo importante no es el error que pueda haber, sino la consciencia del error. Para los practicantes sinceros, ahora y siempre, es el momento del Budô.