domingo, 13 de septiembre de 2015

Utilizar las caderas

Al realizar cualquier patada hay cosas que no deberían hacerse: 

1. Dejar el tronco perpendicular al suelo.
2. Inclinar el tronco hacia atrás al golpear a nivel medio.
3. Inclinar el tronco demasiado atrás al golpear alto. 
4. Que al movimiento de la patada no le preceda el empuje de las caderas.
5. Que la rodilla no se eleve lo suficiente al realizar la patada (kakae komi).
6. Desplazar el pie de atrás con la finalidad de alcanzar el blanco (excepto en los casos de tobi konde o yori ashi).

Al golpear con las piernas uno debería de sentir sus caderas como un muelle que se estira. El pie de apoyo no debería desplazarse (sí girar). Véase como ejemplo el mae geri.


El mae geri visto en movimiento:

video


lunes, 7 de septiembre de 2015

Sakki, Ki mortífero

El Sakki es una forma semántica japonesa de referirse a tener sed de muerte o sangre, tal como su Kanji expresa. Por lo general se habla de habilidad de ciertos guerreros para detectar este Ki en su oponente, pero yo no voy a hablar de esto, meramente, sino del propio Sakki. Esa habilidad no es otra cosa que percibir un inmenso poder y cualquiera que se enfrente al Sakki lo percibe. Distinto es el Zanshin o estado de alerta, aunque quienes tienen Sakki tienen un Zanshin mucho más profundo que los demás.

Para tratar de desvelar el sentido de Sakki es indispensable, antes de nada, ser capaces de conciliar que una persona crecida en consciencia, pacífica y serena, tenga Sakki. Digo esto porque las hay, y quizá con más lógica de la que quepa prever. El mundo subterráneo del Ki es muchas veces incomprensible a primera vista, pero ¿qué es el Sakki?

No estaría mal decir que el Sakki es intención, pero ¿es una intención realmente dañina? O dicho de otra manera, ¿tiene un criminal Sakki? No necesariamente. El criminal es una persona de comportamiento egocéntrico, como todos, y puede ser un delincuente o una persona bien considerada en sociedad. Pero no tiene Sakki, solo tiene ideas erróneas para conseguir sus oscuros fines. Si no le importa matar no es que tenga Sakki, en realidad no tiene nada, solo un vacío enfermizo, un sinsentido en su vivir.

Veamos lo siguiente: en la guerra, ¿es un soldado un criminal? El abnegado soldado mata porque recibe la orden de hacerlo, pero nada más lejos que poseer un Ki mortífero. Una persona odia a otra (o a muchas) durante toda una vida, ¿es o no un criminal? El odio no es lo mismo que Sakki y sin embargo puede acercarse más al crimen a pesar de que el odio no es más que un estado emocional muy nocivo, una incapacidad de amor, por así decirlo. Una enajenación más de la realidad.

Ya que he mencionado la guerra, añadiré que muy pocas personas poseen un Sakki genuino, sin duda, un samurái y un kamikaze, valga el ejemplo, debían de tener Sakki para poder serlo. Me consta, por mi trato con japoneses, que son más proclives al Sakki que los occidentales, quienes somos más descontrolados en cuestión de emociones, y en la guerra nos hemos conducido más por la codicia que por el coraje y la convicción. Pero hay también excepciones como Napoleón. Las balas parecían rehuirlo, mientras que muchos de sus soldados sucumbían atrincherados, al mismo tiempo que él trataba de animarlos.

En las artes marciales se supone que uno debe de tener coraje, pero también los hay agresivos o con enormes ansias de ganar una competición. Tales ansias no son más que codicia. En cuanto a ser agresivo, eso nada tiene que ver con un Ki mortífero. Este último tampoco debe confundirse con ser un gallito de pelea. ¿Qué es el orgullo, sino una máscara que encubre miedo? Pero volvamos a la intención.

He dicho que hay que conciliar el Sakki con la consciencia pacífica y serena. Pero en asunto de conciliación también habrá que conciliar la contradicción semántica de vencer sin vencer. Es un poco Zen, un poco Tao, pero indica que la intención de vencer no es tampoco Sakki. Para entenderlo mejor está la historia Zen de dos monjes que se encontraron con una muchacha en la orilla de un río. Uno de ellos la cogió en brazos y la dejó en la otra orilla. Siguieron su camino los dos monjes y uno increpó al otro, preguntándole por qué había cogido a aquella muchacha estando prohibido para ambos. “Yo la dejé en la otra orilla, tú todavía la llevas encima”, le respondió el otro.




Pues bien, quitémonos de la cabeza esa imagen de feroz e iracundo guerrero, justo el que podía estar delante de nosotros. Ese no es un oponente tan peligroso como el que tiene Sakki, no en vano se dice que perro ladrador poco mordedor, y si nosotros no lo tenemos… no todo el mundo lo tiene, aunque eso es solo una opinión que seguramente tendrá su contraria. En el marco de las artes marciales esto es trascendente y nos sirve de referencia Miyamoto Musashi, aunque no creo que tuviese sed de sangre, sino de dignidad.

Es un tema complejo, en cualquier caso, por eso recurriré a ilustrar el tema conmigo mismo, a riesgo de la vanidad, aun cuando yo me vea como una persona corriente y sencilla. Pero si hablo de Sakki, metiéndome por el medio, desde luego que no voy a ponerme en el estante del crimen y espero que nadie lo haga, porque suena a broma.

Hoy, después de cuarenta años de práctica de las artes marciales comprendo lo que me parecía antes incomprensible, supongo que por la constancia. Nunca me ha interesado la competición, creo que no he sido demasiado orgulloso y he evitado las peleas violentas y sin sentido, con algunas excepciones que no pude o no supe evitar en mi juventud, incluidos algunos combates con aire de duelo. Sin embargo, todo ello y los incontables combates amistosos a lo largo de tantos años cuentan para el tema que trato.

¿Tengo yo entonces un Ki mortífero? Resulta paradójico, a pesar de lo dicho, siendo que mi modus vivendi gira en torno al Zen y que hace décadas que la práctica de la meditación, así como el movimiento regenerador, ocupan la mayor parte de mi espacio sentimental. Por no decir que escribo libros de crecimiento personal, etc. Pero a mí me gustan las paradojas.

Un día, de muy joven, fui rodeado por cinco motoristas y uno de ellos hizo girar una cadena amenazándome. Entonces adopté una postura de combate y lo miré fijamente a los ojos. No supe cómo pudo ocurrir, pero desistieron, me dejaron en paz y se marcharon. Alguien, un testigo, me dijo más tarde que él mismo había sentido miedo, pero que no se lo infundieron los motorista, sino yo. Y en tres ocasiones más se repetiría una situación similar a esta.

Un día estaba jugando al billar con un par de amigos, y recuerdo que fui al lavabo y que al salir vi que un grupo de camorristas estaba burlándose de uno de mis amigos, quien era un poco flojo de moral. Le dije que no hiera caso, pero ellos continuaban, le decían: “ven aquí y mueve las orejas como Dumbo”. Una de las veces mi amigo se acercó a ellos cuando lo llamaron y alguien lo cogió de una oreja y se la estiró mientras le decían lo mismo, mueve las orejas…

Cuando mi amigo volvió a la mesa dije en voz alta: “La próxima vez iré yo”, y lo dije dando una fuerte palmada sobre el tapete. Eran seis y salieron todos corriendo a la calle. No se entiende fácilmente este fenómeno, porque en realidad lo que ellos buscaban era una reacción, pero ¿y si se tropezaron con un Sakki que no esperaban? Y todo el mundo lo puede percibir.

Mis amigos me decían que tenía una mirada que atemorizaba a cualquiera. Eso me han dicho todos lo que se han puesto delante de mí en un combate. Incluso eso mismo ha sido motivo de conflicto con mi esposa, hasta que por fin le hice entender que esa mirada era Sakki, no odio. En la práctica de las artes marciales he tenido que explicar a compañeros y alumnos que mi mirada solo indica que estoy en un estado de alerta muy especial y que en realidad estoy preparado para morir, no para matar. En mi mente no está esa idea. “No os habéis fijado en mi mirada dulce”.

Me han dicho también que tengo una mirada dulce. Entonces no hay desproporción en mi naturaleza, pero cabe preguntar si acaso fui orgulloso en los dos casos que he contado. No, si se tiene en cuenta que yo no quería golpear a aquellos camorristas, sino zanjar una situación desagradable. O dicho de otro modo, evitar una pelea que habría tenido lugar si ellos hubieran realizado el primer movimiento. Lo habrían hecho de no haberse amedrentado.

En otra ocasión me ocurrió algo diferente, iba caminado con mi mujer de noche y teníamos que atravesar un paso subterráneo. De repente la obligué a dar la vuelta. Se enfadó un poco porque puse esa expresión de Ki mortífero y porque la estiré de la manga y se la rasgué. Me dijo que era un exagerado, pero al día siguiente leí en el periódico que esa noche, en ese paso subterráneo, y a la misma hora, alguien había sido robado y acuchillado. ¿Qué es lo que vi? No vi nada, pero una fuerza misteriosa me puso en alerta.

Este verano anduvimos mi mujer y yo, a oscuras por una carretera. Cuando menos ella lo esperaba frené en seco. Junto a mi pie izquierdo ¡había una víbora! Agarré a mi mujer de un hombro y, de un tirón, la llevé a rastras más de diez metros a una velocidad pasmosa. Entonces encendió la linterna de su móvil y vio mi cara de Sakki. Después, con sumo cuidado, enfocamos con la luz a la serpiente y aún la pudimos ver esconderse entre la maleza y distinguir que se trataba realmente de una víbora.

A decir verdad, de lo único que hablo es del Ki; es posible que no haya utilizado la palabra adecuada para hacerlo, pero reconozco esa fuerza en mí y lo que menos importa es el nombre. Existen muchas formas de referirse al Ki, por ejemplo, “Ki ga au” que significa que el Ki de dos o más personas coinciden (se dice que estamos en la misma onda). O “Ki ga shinai” que quiere decir que una persona carece de temple. O tal vez “Ki ni naru”, que indica un sentimiento de atracción. También unas veces se tienen sentimientos de repulsión o el Ki de otra personas nos irrita, etc.

De un modo u otro, no sabía cómo, no perdía ningún combate, pero eso no era ninguna hazaña, pues intuía que las técnicas marciales debían de poder extenderse espiritualmente. Es lo mismo que ceder con flexibilidad y mente calmada. Y estaba todavía lejos de poder hacerlo. Es posible que mi Sakki haya sido un factor determinante para al menos debilitar a un adversario que requiere desplegar mucha fuerza: el propio ego.

Lo importante es concentrar el Ki y eso es lo mismo que concentrar el ser. Las artes marciales son un vehículo para aprender a hacerlo, pero uno tiene que atravesar tormentas. No obstante, vuelve a hacer acto de presencia la paradoja; la verdadera práctica de las artes marciales carece de propósito, de intención. De ese modo el Sakki se sitúa en el contexto de la supervivencia, pero debe conciliarse con el avance espiritual. E igualmente debe conciliarse el despropósito con la frenética era en que vivimos de hacer compulsivo e ingeniería desbocada.

Lo que se interpone entre nosotros y la eficacia en las artes marciales es precisamente el propósito, sea cual sea. Y la paradoja crece en esto: las artes marciales son una cuestión de vida o muerte, pero el practicante no decide nada, se zambulle en la corriente del río del Ki. Acepta la vida, siente amor y respeto por ella, la nutre y se nutre de ella. El artista marcial no debe ser un técnico, un deportista, un peleador. Su sentido es hallar la clave de la vida.

 “Mi mente está clara, tranquila. Mi espíritu florece en el estanque pacífico. Si vas a matarme no siento amor ni odio, pero tendrás que estar dispuesto a morir, como yo lo estoy ahora mismo”.