lunes, 24 de agosto de 2015

Keiko

En la actualidad existe un desfase en la evolución humana, la técnica no va al mismo ritmo que el espíritu, de modo que todo lo que nos rodea parece irreconciliable. En la práctica de las artes marciales sucede lo mismo, el lado físico no está en consonancia con el espiritual. Pues bien, ahora los jóvenes no quieren perder el tiempo en filosofías que no entienden, solo quieren técnicas, entrenamientos que los conviertan en superhombres.

Sin embargo, está la cuestión de para qué. Y hay otras cuestiones: cómo y por qué. El para qué me parece una incógnita de difícil resolución. El cómo no se va a llevar bien con las aspiraciones de tantos, pues no se trata de aprender técnicas letales (característico en los deportes modernos de combate), ni de vapulear al saco o a los compañeros, ni aún menos en gozar de una musculatura excepcional.

Se trata de Keiko, lo que significa práctica, pero sin desertar de nuestro destino más auténtico: nosotros mismos. Por eso Keiko es reflexionar sobre las raíces de uno, y cuentan los años. En mi caso son cuarenta y dos años desde que comencé a practicar las artes marciales. No obstante, no es cosa de equivocarse con esto, pues muchos repiten lo que hacen sin un ápice de mejora, sean cuales sean los años. En tal caso uno cae prisionero en los peldaños inferiores de su destino, no avanza.




Es aquí que el por qué empieza a tener relevancia. Pero lo primero es un deseo puro de bucear para lograr encontrar la parte sumergida del iceberg que no se ve. Comprendes que el juego de la vida consiste en esto y en lo que respecta a las artes marciales es exactamente igual. Saber dar un codazo en la boca a alguien no es aprender nada. Neutralizar a alguien pacíficamente es mucho saber, en cambio. Y hay secretos, se puede hacer daño a alguien con un solo dedo, pero solo después de haber buceado mucho. No está al alcance de cualquiera.

La mayoría de las artes marciales, tanto modernas como tradicionales, no están menos inmersas en la deshumanización del hombre que cualquier otra cosa de las se supone que hoy en día nos hacen la vida más fácil, y nada más lejos de ser verdad en la corriente moderna. Vivimos en una época en la que se carece de sentimiento, de sensación, de intuición, de instinto, pero es porque no se hace Keiko, no se mira hacia dentro de uno, ni a sus raíces.

A veces hay sorpresas, como darte cuenta de que la respiración es decisiva en la concentración, y que ambas generan un poder mucho mayor que la fuerza muscular. O que un golpe relajado (no del todo) es más penetrante que el realizado con fuerza muscular (este rebota). O que el impulso y rotación de las caderas, manteniendo el centro de gravedad bajo, es poder que se crea en el movimiento. O que dicho impulso genera una velocidad superior a la de la contracción muscular (si se entiende bien cómo hacerlo), etc. Pero hace falta una actitud diferente a la de hacer deporte: Keiko. Por eso Keiko es un entrenar con sentimiento, un compartir de la propia reflexión y avance.

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