domingo, 20 de diciembre de 2015

Tenshin Go So

“El hombre debe ponerse a la altura del Universo en cuestión de armonía, cualquier otra especie lo está desde el principio”

Más allá de las técnicas, por encima de victoria o derrota está la armonía. Sin embargo, estamos faltos de ella, al igual que de concentración, pues la mente se mantiene dispersa a lo largo de toda una vida, entre lamentos, desconciertos, teorías, complicaciones, problemas y remedios que resultan ser los peores problemas. En lo que concierne a las artes marciales, la falta de armonía elimina su esencia y también el arte.

La armonía es un estado de no enfrentamiento (psicológico) que sin embargo nos evita la derrota. El Universo siente, el hombre siente. El Universo se mueve, el hombre se mueve. Por eso debemos movernos, hacer… en armonía con lo que nos rodea. Pero es la verborrea mental, que no cesa, la causa principal de desarmonía. Las palabras ocupan el mayor espacio en la mente, pero las palabras mienten y por eso podemos abrirnos a una realidad superior a la de las palabras: el sonido puro. Es un instante de no decir nada, de no pensar en nada y de entregarse a fondo.

Describiré un poco la práctica del Tenshin Go So, en la cual se utiliza la palabra en forma de sonido primigenio. Seguramente recordaremos aquellos primeros días en el parvulario aprendiendo lo esencial: el "a, e, i, o, u". Pues bien, eso es lo que vamos a hacer, regresar al parvulario. Al de la concentración y la armonía.

Se trata de entonar las vocales A, E, I, O, empezando y acabando en UM. Es una práctica especial, cuyos sonidos se recogen en el ancestral Kotodama, que significa "palabras sagradas". Sin embargo, lo sagrado no está en un orden metafísico, sino en el instante de fusión con los elementos naturales; eso precisa de la existencia de un mundo interior de sensaciones vivas.

Por otra parte, antes de continuar, veamos el significado de las vocales en el contexto espiritual. A representa lo invisible del Cosmos. E lo creativo, I los fenómenos de la vida y O el final del movimiento que da paso al siguiente. UM o AUM representa el Universo infinito. Al mismo tiempo las vocales representan a los cinco elementos.

De la misma forma se necesita concentración, pues vocalizar, ejecutar movimientos y repetirlos mecánicamente no sirve de nada. Así que manos a la obra...

La condición es mantenerse relajados, escogiendo un lugar apropiado... al aire libre, dependiendo del lugar en que uno se encuentre. Si tienes la ocasión de subirte a un cerro, o al pico de una montaña, aprovechando una excursión, mejor que mejor. El estómago debería estar vacío, asimismo. Y si se tiene la suerte de contar con agua de manantial, empaparse la cabeza con ella será fenomenal.

Por lo demás, únicamente tienes que pronunciar las vocales, procurando que el aire inspirado emerja de la parte baja del abdomen (por debajo del ombligo), por lo cual la respiración ha de ser abdominal. La pronunciación va acompañada de los movimientos que describiré a continuación.



Partimos de una posición erguida con los pies juntos, mirando al frente. Las manos se enlazan, igualmente al frente, de manera que la izquierda nos quede por encima de la derecha, con los pulgares recogidos. Fig. 1

A continuación se separan las piernas (se desplaza el pie derecho hacia la derecha), adoptando una postura del doble de anchura de los hombros, aproximadamente, y con los pies mirando hacia fuera. Se comienza entonando "Ummmmmmmm... Fig. 2

Al mismo tiempo, el tronco y la cabeza se inclinan hacia atrás, mirando al cielo. Los brazos se separan hacia los lados y las palmas de las manos miran también al cielo.

Vocaliza el sonido: "Aaaaaaaaa...", de forma que su cadencia se alargue hasta el final del movimiento siguiente. La postura y la mirada se mantienen igual, pero los brazos ascienden trazando un círculo de fuera a adentro. Fig. 3

Aquí finaliza la primera vocalización. Acto seguido, el tronco se endereza, y se hacen descender los brazos, de manera que el círculo trazado es ahora de dentro a fuera. Se vocaliza: "Eeeeeeeee...". Fig. 4

Acto seguido, los brazos regresan al frente, formando con las manos un triángulo, juntando los índices y los pulgares. Fig. 5



Manteniendo la misma posición en las manos, se asciende frontalmente, de manera que el triángulo apunte al cielo volviendo a inclinar el tronco hacia atrás, y mirando al cielo. Se vocaliza: "Iiiiiiiii...". Fig. 6

Después se traza un círculo, de fuera a dentro, que desciende para luego ascender de frente con las manos juntas, por encima de la cabeza, como sosteniendo algo en ellas. Se vocaliza. "Ooooooooo...". Fig. 7 y 8

Se recoge la pierna y se juntan los pies, retornando a la postura inicial, entonando "Ummmmmmmm...". Fig. 9

Nota: las manos han de permanecer abiertas, con los dedos separados, excepto en los pasos 1 y 9. Se mantienen abiertas, pero los dedos juntos. Por último se repite el proceso entre tres y cinco veces.

En resumen, que uno grita al Universo y este le devuelve el eco, lo que supone mantener una relación sin igual. Sin embargo, la vía de comunicación es el interior; se da el caso de que el ser humano ha llegado a desconectarse de su interior, sustituyéndolo por otro externo, construido y contaminado. ¿A quién escucha uno? A sus voces compulsivas, a las de los demás, en un vivir de trivialidad y repetición.

En cualquier caso, al Universo le importa un bledo lo que tú hagas. Pero si lo que haces es concebir SER el Universo, el sentido de la vida da un giro brusco. Las artes marciales cobran también un nuevo sentido al practicarse con cierta fuerza interior. Siendo así, respira serenidad: A, E, I, O, Um... el Universo se revela en ti.

Ver el video para apreciar mejor los detalles:




domingo, 6 de diciembre de 2015

Duelo de Nunchaku 1979

Este es un cortometraje grabado en 1979, recuperado del baúl de la nostalgia. Se hizo en Super 8 mm, lo propio de aquel entonces. El que lleva el chándal azul soy yo con diecinueve años. Resulta gracioso ver el maquillaje, dentro de los efectos especiales, sobre todo al recordar que se lo robé a mi madre.

Ahora, al ver esto comprendo ciertas cosas, pero además me resulta muy motivador, por eso hay que practicar duro y mejorar el carácter con las artes marciales.



domingo, 22 de noviembre de 2015

Otsukimi

Otsukimi es contemplar la primera luna llena del otoño, en ella se ve a un conejo haciendo Mochi o pasta de arroz. La Luna se ve especialmente bella, todavía más si puede verse reflejada en un estanque.

Es la luna de la cosecha y la más bella de todo el año en Japón. Pero si miras el conejo, de vez en cuando, te liberarás de pensamiento. Tu mente se despejará y aprenderás a mirar a la Luna en vez de señalarla con el dedo.



1976

Una reliquia del pasado. Tenía 16 años… mi amigo José 18. ¡Cuánto daría por volver! Pero, ¿Y todo lo aprendido desde entonces? No, no quiero perder mi tesoro, solo recordar que así comenzó todo, bueno, un poco antes… en 1974.

Por fin empecé a encajar en mi libertad, con mis amadas artes marciales, pues de nacimiento soy rebelde, eso me ha llevado por los senderos Zen y otros pasos he dado.



domingo, 18 de octubre de 2015

1986 Demostración de Karate

Una reliquia rescatada del pasado... aquí teníamos veintitantos, yo concretamente veintiséis. Iremos rescatando cosas aún más antiguas…


miércoles, 14 de octubre de 2015

Fuerza o poder

El artista marcial no debería quedar atrapado en el mundo de las formas; de lo contrario, no podrá superar su fuerza física y transformarla.



viernes, 9 de octubre de 2015

Mushotoku, no objeto

Las artes marciales, al igual que cualquier otra cosa, suponen un fatigoso camino para llegar a algún lugar, un objetivo. Sin embargo, la fatiga no se debe al esfuerzo de caminar, sino al ansía del objeto. Se tiene la idea de que hay que franquear etapas o quemarlas si se tiene prisa. O estancarse en ellas, cuando uno divaga con lo que quiere hacer.

Ya se sabe además que hay gente que, viendo el camino largo y penoso, desiste de recorrerlo, le resulta incómodo. Pero es incómodo cuando tiene artificio. Lo que quiero expresar es que el hacer debe ser un arte sin artificio, lo que equivale a un no hacer. ¿Y cómo va a entenderse esto? Quien quiera entenderlo tiene que volver al punto de partida, al inicio de la práctica.

En el sentido práctico, no se debe emplear toda la fuerza en una acción, lo ideal es dejar que los brazos y las piernas se muevan. Y he aquí la actitud correcta: mira impasible la acción de tus propios brazos y piernas, no pienses en las técnicas, no apliques estrategias, no pretendas una victoria tampoco. Por supuesto, uno debe permanecer relajado en el instante anterior a cada movimiento.

No puedo hacerlo, es la conclusión más frecuente. Es al mismo tiempo chocante no poder hacer algo sencillo y sí lo revestido de complicación. Es lícito, supongo, para quien así lo quiera, pero veamos, por ejemplo, la causa más probable de que una persona abandone la práctica de las artes marciales.

Casi siempre es el objeto. Si se practica por hacer ejercicio, por estar en forma, por aprender a defenderse, para estar más sanos, por presumir, para ser más fuertes, ganar torneos, etc., nos encontramos con que estos son las metas y no el arte marcial. Pero son metas equivocadas y complejas en el tumulto del pensar. Cuando se pierde interés por cualquiera de estas cosas, no hay continuidad en la práctica.

Si la meta es el arte marcial, es decir, practicarlo, es lo mismo que decir que la meta es el camino. Esto es “sin objeto” o Mushotoku. Y hay algo más que quizá no sea tan obvio, y es que si el camino es el objeto este resulta placentero. El resto son obligaciones y no es cosa que guste al espíritu humano, más allá del concepto moral.

Ahora bien, tiene que vibrar un diapasón, algo interior ha de ser tocado, y cuando esto ocurre la práctica no se interrumpe. Sin embargo, hay que distinguir entre esto y que no se interrumpa por estar ganando dinero u honores. Son cosas muy diferentes.

La vida humana parece estar condicionada a algo (casi siempre artificial), una meta gloriosa o humilde, un destino de cualquier clase, ya sea insigne o superficial. Es una condición innatural, pero irremediable a juicio de la mayoría. Pero no hacer de la meta una ajena al camino, es algo que atañe a todas y cada una de las actividades humanas, aunque lo que nos ocupa ahora son las artes marciales.




Para estar en la onda de lo que digo, uno tiene que ser consciente, primero que nada, de su inspiración y espiración. La respiración es algo que pasa desapercibido, pero nada puede realizarse sin la conjugación de ambos movimientos, los que generan la vida. Eso basta para mantenernos relajados, pero si uno se esfuerza en respirar y estar relajado pronto descubrirá que eso mismo es un problema.

Únicamente hay que ser un testigo de la propia respiración y de los movimientos que uno mismo realiza. Concentrarse en esto no es lo mismo que esforzarse en ello. Resulta demasiado simple y extraño cuando todo el mundo concibe la práctica exclusivamente en el marco de las técnicas y de la preparación física. Ambas son necesarias, pero como mínimo es indispensable hallar un punto medio, puesto que ese punto es el punto de equilibrio.

En el combate nos encontramos con dos extremos, lo que no es nada raro, pues el ser humano tiende siempre a los extremos, probablemente por serle más fácil en un mundo de dualidad. Lo difícil es ser el eje de tu propia rueda y no dar vueltas, pegado a los radios. Unos son esquemáticos y mecánicos, no son naturales, carecen de espontaneidad e intuición. Otros son todo lo contrario, se dejan llevar por un instinto salvaje y actúan emocionalmente.

Ambos extremos producen insatisfacción y conducen a una probable derrota. Pero si nos situamos en el centro, solo por eso, experimentar calma es inevitable y está uno en condiciones de enfrentarse a cualquier situación. No obstante, no es suficiente con que yo explique cómo proceder, es necesario fracasar primero, intentar en vano la destreza e incluso la maestría.

¿Y por que razón esto es así? Porque forma parte de la preparación para dominar el arte y no ser dominado por él. En verdad, hay que pasar antes por la técnica, por el método, por el concepto, pero también llega el momento de no quedar anclado para siempre en todo ello. Hacer sin hacer, incluso pensar sin pensar o caminar sin caminar, por no decir, combatir sin combatir, no es fácilmente aceptable. Pero si se acepta se habrá dado un gran paso. Llegar a aplicarlo es cuestión de práctica.

Una vez se está en la línea del no objeto, se estará en el instante presente. Es aquí donde se crea poder, al contrario que pendientes de la técnica y de otros cometidos, los cuales se ubican en el pasado y en el futuro. Uno recuerda la técnica (pasado) y trata de aplicarla para lograr un resultado (futuro). Pero en el presente, uno aguarda la evolución o más bien la madurez. Cuando la fruta está madura cae. Aunque la mayoría de  personas jamás maduran, solo repiten sus técnicas o hacer aprendido.

En un plano más elevado, el no objeto se relaciona con la no resistencia. Quiere decir que uno no se resiste al momento, lo que no ha de confundirse con resignarse a una situación. En vez de oponerse a los movimientos del adversario, uno cede a ellos, pero para poder hacer esto es necesario la interiorización y la interrupción de los pensamientos; por eso concentrarse en la respiración es mejor que concentrarse en el oponente.

No es que nos hallemos distraídos o que no se tengan en cuenta las acciones de la otra persona, pues cuando uno está concentrado en su respiración va a estar alerta de todo lo que lo rodea y su reacción va a ser rápida y natural. Intocable parece el agua y se puede discutir cuanto se quiera, pero cuanto más nos acerquemos a ella, en un gesto de sensibilidad, más eficacia se generará.

Hay pues dos clases de artistas marciales, los que solo cuentan con su físico y los que cuentan además con algo invisible que anida en ellos. Para verlo, para sacarlo a luz, es indispensable desprenderse de metas, técnicas pensadas, ideas vencedoras, ego, en una palabra. Si se escruta bien el estancamiento humano, se verá que en lo que concierne a las artes marciales ocurre lo mismo. Sé un guerrero, pero cimentado en algo sólido y las meras técnicas o fuerza física no lo son.

viernes, 2 de octubre de 2015

El sentido de Budô

Acostumbrados a la lingüística y a los protocolos, el Budô se traduce como artes marciales, más literalmente: la vía de la guerra, una variante del Bushido, el cual significa la vía del guerrero. En cuanto a protocolo, se le relaciona folklóricamente con la cultura japonesa, y eso es todo; somos una raza (la occidental) que solo entiende de palabras, no de sentir.

La actitud general es repetir o, en su caso, desarrollar técnicas de combate entre amasijos de conceptos. El talento nos priva de sentir y entre los conceptos hay una aureola deportiva. Es una actitud superficial, por consiguiente. Y vaya esto a bastar para los que aspiran a hacer deporte o para los que todo se reduce a un conjunto de técnicas, cuya sobra te pueda hacer más eficaz en un supuesto inverosímil.

Todo lo contrario, te juegas el todo por el todo y en ello está el espíritu con que uno hace, vive, en una palabra. El pueblo japonés vive con una entereza impensable en occidente, no es de extrañar el Samurái, el Kamikaze o el superviviente de Hiroshima o Fukushima, por expresarlo de algún modo. El trasfondo de esa cultura es el Budô, pero no vaya a pensarse que se encuentra exclusivamente en las artes marciales, también en el arreglo floral, en la ceremonia del té, en la pintura, en la vida cotidiana, en definitiva.

Cuando se piensa en la influencia del Zen sobre los japoneses, no hay que olvidar tampoco que el Budô ha sido influenciado, asimismo, pero ambos, Zen y Budô, comparten algo esencial: la concentración en el vacío y la entrega al instante presente. En lo que concierne a las artes marciales, si no hay Budô, no hay fuerza interior, y si no hay fuerza interior no hay nada que valga la pena.

El espíritu Budô se halla ausente incluso en la práctica de las artes marciales tradicionales, una vez el enfoque es deportivo o de mera autodefensa. Ocurre en el karate, en el kendo, incluso en el Aikido. Pero si aquí brilla la ausencia, en los deportes modernos de combate el desconocimiento es absoluto. Todo se reduce a técnicas de combate más o menos letales que, sin embargo, no se diferencian entre sí más que en la forma, es decir, el concepto.

El otro día empujé con las manos en el pecho, a un alumno, y se desplazó un par de metros. Es lo que los pendencieros suelen hacer para a continuación darte un puñetazo en la cara. ¿Cuál es tu problema? Le pregunté. No haces Budô. Le expliqué que estar pendiente de la técnica que va a realizar el otro o uno mismo no es Budô. Entonces, si damos un paso atrás, en el tiempo, cambiamos la actitud y el resultado es diferente.

Lo hice saludar con Kimochi, es decir, con sentimiento, de manera que un escalofrío agradable le corriese la espina dorsal, concentrado, con la mente vacía, en el presente. En verdad, el instante de saludar es un instante de vacío mental que puede prolongarse. Apenas hizo el saludo lo volví a empujar, pero no se movió. ¡Eso es Budô! Le grité. Su cambio de actitud y el impacto recibido, tuvo como consecuencia que él se emocionara, le caían las lágrimas.




Todo gesto vital es un gesto de poder interior, algo que traspasa las limitaciones. De la misma manera, el combate debe poseer ese gesto o actitud, pero desgraciadamente los que creen poseerla, en realidad, están haciendo uso de la agresividad. Es más, creen más efectivas sus técnicas si las revisten de agresividad. 

Es así porque solo se tiene para comparar la actitud de miedo o la falta de motivación, como en el caso de querer ganar un torneo, imaginando los honores que vengan a continuación. Pero el espíritu Budô es cosa distinta y muy superior a todo ello. La actitud de combate que parece intercalarse entre la agresividad y el miedo o la preocupación por la técnica a realizar no es la actitud que debe tenerse en las artes marciales.

El combate agresivo, al igual que la ira en la conducta, alberga grandes dosis de miedo que uno no quiere reconocer. Es como decir: no quiero ser débil. Pero si quieres ser fuerte, tú eres fuerte de antemano, todo lo que tienes que hacer es anular o controlar tu ego. Por eso el protocolo de la cultura japonesa tiene su fundamento, no es mero folklore.

Y a esto hay que añadirle la idea de que un brazo o una pierna, es decir, un golpe dado con ambos tiene una extensión espiritual. Eso significa que el acto de ejecutar una técnica va acompañado de un ritmo de respiración sereno, una mente tranquila y vacía; eso hace que la energía vital fluya y que el cuerpo responda sin tiempo muerto. El eco sigue al sonido. O mejor dicho: el hombre sigue al Universo.

Más aparte, lo admirable es neutralizar la violencia, reinante y creciente, en este mundo de infelices caminantes sin rumbo. Cuando algo no funciona, el resultado puede ser penoso o grotesco. Pero el hombre quiere neutralizar la violencia con violencia, una estupidez de alto rango. Además, ¿quién va a creer que el hombre y el Universo tengan algo que ver? Menos aún en la práctica de las artes marciales; la guerra es la guerra, piensa uno.

Considero que hay un problema mayor que el de practicar deporte o ser un técnico, y es hacerlo con la vestimenta del Budô. Y me he referido a ello al principio, pero insisto porque el hábito no hace al monje. Y puede que se disfrace con el hábito el peleador nato, quien al menos tendrá cierta eficacia, pero se viste también el inepto que jamás tuvo una idea clara acerca de las artes marciales.

El sentido de Budô no es gratuito, primero tiene que vibrar el diapasón en el alma y después uno tiene que practicar duro en la dirección adecuada. Hoy, como siempre que los valores del practicante honesto han sobrevivido, es indispensable estar concentrado en un punto, ser un buen ejemplo para todos y seguir el mismo ejemplo en otras personas. Conviviendo juntos, lo esencial es perfeccionar el carácter mientras se practica.

Es además, sobremanera trascendental, la sinceridad del practicante, pues lo peor del engaño es el autoengaño. Esa sinceridad nos ayuda a estar focalizados y a poner el alma en lo que uno hace. Realmente esto último no abunda, pues la mente anda dispersa en todos los campos del hacer humano.

Téngase presente que en la vida del practicante de Budô el interior debe ir creciendo; así, crece el respeto por los demás y por uno mismo, la compasión y el amor desinteresado. El odio está fuera de lugar y debe cultivarse el autocontrol, tal como uno avanza en eficacia, observando con atención la legítima defensa. Ni Sente Nashi, no hay ofensa, o todo movimiento es defensa, no ataque, lo expresa con profundidad.

En última instancia, de lo que se trata es de hallar la perfección en la imperfección y al contrario, la imperfección en la perfección, para avanzar. Esto, naturalmente, se refiere a uno mismo y se revela en autoconocimiento. En este sentido, lo importante no es el error que pueda haber, sino la consciencia del error. Para los practicantes sinceros, ahora y siempre, es el momento del Budô.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Utilizar las caderas

Al realizar cualquier patada hay cosas que no deberían hacerse: 

1. Dejar el tronco perpendicular al suelo.
2. Inclinar el tronco hacia atrás al golpear a nivel medio.
3. Inclinar el tronco demasiado atrás al golpear alto. 
4. Que al movimiento de la patada no le preceda el empuje de las caderas.
5. Que la rodilla no se eleve lo suficiente al realizar la patada (kakae komi).
6. Desplazar el pie de atrás con la finalidad de alcanzar el blanco (excepto en los casos de tobi konde o yori ashi).

Al golpear con las piernas uno debería de sentir sus caderas como un muelle que se estira. El pie de apoyo no debería desplazarse (sí girar). Véase como ejemplo el mae geri.


El mae geri visto en movimiento:

video


lunes, 7 de septiembre de 2015

Sakki, Ki mortífero

El Sakki es una forma semántica japonesa de referirse a tener sed de muerte o sangre, tal como su Kanji expresa. Por lo general se habla de habilidad de ciertos guerreros para detectar este Ki en su oponente, pero yo no voy a hablar de esto, meramente, sino del propio Sakki. Esa habilidad no es otra cosa que percibir un inmenso poder y cualquiera que se enfrente al Sakki lo percibe. Distinto es el Zanshin o estado de alerta, aunque quienes tienen Sakki tienen un Zanshin mucho más profundo que los demás.

Para tratar de desvelar el sentido de Sakki es indispensable, antes de nada, ser capaces de conciliar que una persona crecida en consciencia, pacífica y serena, tenga Sakki. Digo esto porque las hay, y quizá con más lógica de la que quepa prever. El mundo subterráneo del Ki es muchas veces incomprensible a primera vista, pero ¿qué es el Sakki?

No estaría mal decir que el Sakki es intención, pero ¿es una intención realmente dañina? O dicho de otra manera, ¿tiene un criminal Sakki? No necesariamente. El criminal es una persona de comportamiento egocéntrico, como todos, y puede ser un delincuente o una persona bien considerada en sociedad. Pero no tiene Sakki, solo tiene ideas erróneas para conseguir sus oscuros fines. Si no le importa matar no es que tenga Sakki, en realidad no tiene nada, solo un vacío enfermizo, un sinsentido en su vivir.

Veamos lo siguiente: en la guerra, ¿es un soldado un criminal? El abnegado soldado mata porque recibe la orden de hacerlo, pero nada más lejos que poseer un Ki mortífero. Una persona odia a otra (o a muchas) durante toda una vida, ¿es o no un criminal? El odio no es lo mismo que Sakki y sin embargo puede acercarse más al crimen a pesar de que el odio no es más que un estado emocional muy nocivo, una incapacidad de amor, por así decirlo. Una enajenación más de la realidad.

Ya que he mencionado la guerra, añadiré que muy pocas personas poseen un Sakki genuino, sin duda, un samurái y un kamikaze, valga el ejemplo, debían de tener Sakki para poder serlo. Me consta, por mi trato con japoneses, que son más proclives al Sakki que los occidentales, quienes somos más descontrolados en cuestión de emociones, y en la guerra nos hemos conducido más por la codicia que por el coraje y la convicción. Pero hay también excepciones como Napoleón. Las balas parecían rehuirlo, mientras que muchos de sus soldados sucumbían atrincherados, al mismo tiempo que él trataba de animarlos.

En las artes marciales se supone que uno debe de tener coraje, pero también los hay agresivos o con enormes ansias de ganar una competición. Tales ansias no son más que codicia. En cuanto a ser agresivo, eso nada tiene que ver con un Ki mortífero. Este último tampoco debe confundirse con ser un gallito de pelea. ¿Qué es el orgullo, sino una máscara que encubre miedo? Pero volvamos a la intención.

He dicho que hay que conciliar el Sakki con la consciencia pacífica y serena. Pero en asunto de conciliación también habrá que conciliar la contradicción semántica de vencer sin vencer. Es un poco Zen, un poco Tao, pero indica que la intención de vencer no es tampoco Sakki. Para entenderlo mejor está la historia Zen de dos monjes que se encontraron con una muchacha en la orilla de un río. Uno de ellos la cogió en brazos y la dejó en la otra orilla. Siguieron su camino los dos monjes y uno increpó al otro, preguntándole por qué había cogido a aquella muchacha estando prohibido para ambos. “Yo la dejé en la otra orilla, tú todavía la llevas encima”, le respondió el otro.




Pues bien, quitémonos de la cabeza esa imagen de feroz e iracundo guerrero, justo el que podía estar delante de nosotros. Ese no es un oponente tan peligroso como el que tiene Sakki, no en vano se dice que perro ladrador poco mordedor, y si nosotros no lo tenemos… no todo el mundo lo tiene, aunque eso es solo una opinión que seguramente tendrá su contraria. En el marco de las artes marciales esto es trascendente y nos sirve de referencia Miyamoto Musashi, aunque no creo que tuviese sed de sangre, sino de dignidad.

Es un tema complejo, en cualquier caso, por eso recurriré a ilustrar el tema conmigo mismo, a riesgo de la vanidad, aun cuando yo me vea como una persona corriente y sencilla. Pero si hablo de Sakki, metiéndome por el medio, desde luego que no voy a ponerme en el estante del crimen y espero que nadie lo haga, porque suena a broma.

Hoy, después de cuarenta años de práctica de las artes marciales comprendo lo que me parecía antes incomprensible, supongo que por la constancia. Nunca me ha interesado la competición, creo que no he sido demasiado orgulloso y he evitado las peleas violentas y sin sentido, con algunas excepciones que no pude o no supe evitar en mi juventud, incluidos algunos combates con aire de duelo. Sin embargo, todo ello y los incontables combates amistosos a lo largo de tantos años cuentan para el tema que trato.

¿Tengo yo entonces un Ki mortífero? Resulta paradójico, a pesar de lo dicho, siendo que mi modus vivendi gira en torno al Zen y que hace décadas que la práctica de la meditación, así como el movimiento regenerador, ocupan la mayor parte de mi espacio sentimental. Por no decir que escribo libros de crecimiento personal, etc. Pero a mí me gustan las paradojas.

Un día, de muy joven, fui rodeado por cinco motoristas y uno de ellos hizo girar una cadena amenazándome. Entonces adopté una postura de combate y lo miré fijamente a los ojos. No supe cómo pudo ocurrir, pero desistieron, me dejaron en paz y se marcharon. Alguien, un testigo, me dijo más tarde que él mismo había sentido miedo, pero que no se lo infundieron los motorista, sino yo. Y en tres ocasiones más se repetiría una situación similar a esta.

Un día estaba jugando al billar con un par de amigos, y recuerdo que fui al lavabo y que al salir vi que un grupo de camorristas estaba burlándose de uno de mis amigos, quien era un poco flojo de moral. Le dije que no hiera caso, pero ellos continuaban, le decían: “ven aquí y mueve las orejas como Dumbo”. Una de las veces mi amigo se acercó a ellos cuando lo llamaron y alguien lo cogió de una oreja y se la estiró mientras le decían lo mismo, mueve las orejas…

Cuando mi amigo volvió a la mesa dije en voz alta: “La próxima vez iré yo”, y lo dije dando una fuerte palmada sobre el tapete. Eran seis y salieron todos corriendo a la calle. No se entiende fácilmente este fenómeno, porque en realidad lo que ellos buscaban era una reacción, pero ¿y si se tropezaron con un Sakki que no esperaban? Y todo el mundo lo puede percibir.

Mis amigos me decían que tenía una mirada que atemorizaba a cualquiera. Eso me han dicho todos lo que se han puesto delante de mí en un combate. Incluso eso mismo ha sido motivo de conflicto con mi esposa, hasta que por fin le hice entender que esa mirada era Sakki, no odio. En la práctica de las artes marciales he tenido que explicar a compañeros y alumnos que mi mirada solo indica que estoy en un estado de alerta muy especial y que en realidad estoy preparado para morir, no para matar. En mi mente no está esa idea. “No os habéis fijado en mi mirada dulce”.

Me han dicho también que tengo una mirada dulce. Entonces no hay desproporción en mi naturaleza, pero cabe preguntar si acaso fui orgulloso en los dos casos que he contado. No, si se tiene en cuenta que yo no quería golpear a aquellos camorristas, sino zanjar una situación desagradable. O dicho de otro modo, evitar una pelea que habría tenido lugar si ellos hubieran realizado el primer movimiento. Lo habrían hecho de no haberse amedrentado.

En otra ocasión me ocurrió algo diferente, iba caminado con mi mujer de noche y teníamos que atravesar un paso subterráneo. De repente la obligué a dar la vuelta. Se enfadó un poco porque puse esa expresión de Ki mortífero y porque la estiré de la manga y se la rasgué. Me dijo que era un exagerado, pero al día siguiente leí en el periódico que esa noche, en ese paso subterráneo, y a la misma hora, alguien había sido robado y acuchillado. ¿Qué es lo que vi? No vi nada, pero una fuerza misteriosa me puso en alerta.

Este verano anduvimos mi mujer y yo, a oscuras por una carretera. Cuando menos ella lo esperaba frené en seco. Junto a mi pie izquierdo ¡había una víbora! Agarré a mi mujer de un hombro y, de un tirón, la llevé a rastras más de diez metros a una velocidad pasmosa. Entonces encendió la linterna de su móvil y vio mi cara de Sakki. Después, con sumo cuidado, enfocamos con la luz a la serpiente y aún la pudimos ver esconderse entre la maleza y distinguir que se trataba realmente de una víbora.

A decir verdad, de lo único que hablo es del Ki; es posible que no haya utilizado la palabra adecuada para hacerlo, pero reconozco esa fuerza en mí y lo que menos importa es el nombre. Existen muchas formas de referirse al Ki, por ejemplo, “Ki ga au” que significa que el Ki de dos o más personas coinciden (se dice que estamos en la misma onda). O “Ki ga shinai” que quiere decir que una persona carece de temple. O tal vez “Ki ni naru”, que indica un sentimiento de atracción. También unas veces se tienen sentimientos de repulsión o el Ki de otra personas nos irrita, etc.

De un modo u otro, no sabía cómo, no perdía ningún combate, pero eso no era ninguna hazaña, pues intuía que las técnicas marciales debían de poder extenderse espiritualmente. Es lo mismo que ceder con flexibilidad y mente calmada. Y estaba todavía lejos de poder hacerlo. Es posible que mi Sakki haya sido un factor determinante para al menos debilitar a un adversario que requiere desplegar mucha fuerza: el propio ego.

Lo importante es concentrar el Ki y eso es lo mismo que concentrar el ser. Las artes marciales son un vehículo para aprender a hacerlo, pero uno tiene que atravesar tormentas. No obstante, vuelve a hacer acto de presencia la paradoja; la verdadera práctica de las artes marciales carece de propósito, de intención. De ese modo el Sakki se sitúa en el contexto de la supervivencia, pero debe conciliarse con el avance espiritual. E igualmente debe conciliarse el despropósito con la frenética era en que vivimos de hacer compulsivo e ingeniería desbocada.

Lo que se interpone entre nosotros y la eficacia en las artes marciales es precisamente el propósito, sea cual sea. Y la paradoja crece en esto: las artes marciales son una cuestión de vida o muerte, pero el practicante no decide nada, se zambulle en la corriente del río del Ki. Acepta la vida, siente amor y respeto por ella, la nutre y se nutre de ella. El artista marcial no debe ser un técnico, un deportista, un peleador. Su sentido es hallar la clave de la vida.

 “Mi mente está clara, tranquila. Mi espíritu florece en el estanque pacífico. Si vas a matarme no siento amor ni odio, pero tendrás que estar dispuesto a morir, como yo lo estoy ahora mismo”. 

jueves, 27 de agosto de 2015

Keiko Hagi Dojo

Un entrenamiento en Hagi Dojo. Lo destacable es la ausencia de fuerza innecesaria, la naturalidad, la flexibilidad, la expresión del movimiento y la velocidad, lo que no se origina en la contracción muscular, sino en el movimiento de las caderas. La respiración se profundiza, la mente se vacía y el movimiento se crea solo.



lunes, 24 de agosto de 2015

Keiko

En la actualidad existe un desfase en la evolución humana, la técnica no va al mismo ritmo que el espíritu, de modo que todo lo que nos rodea parece irreconciliable. En la práctica de las artes marciales sucede lo mismo, el lado físico no está en consonancia con el espiritual. Pues bien, ahora los jóvenes no quieren perder el tiempo en filosofías que no entienden, solo quieren técnicas, entrenamientos que los conviertan en superhombres.

Sin embargo, está la cuestión de para qué. Y hay otras cuestiones: cómo y por qué. El para qué me parece una incógnita de difícil resolución. El cómo no se va a llevar bien con las aspiraciones de tantos, pues no se trata de aprender técnicas letales (característico en los deportes modernos de combate), ni de vapulear al saco o a los compañeros, ni aún menos en gozar de una musculatura excepcional.

Se trata de Keiko, lo que significa práctica, pero sin desertar de nuestro destino más auténtico: nosotros mismos. Por eso Keiko es reflexionar sobre las raíces de uno, y cuentan los años. En mi caso son cuarenta y dos años desde que comencé a practicar las artes marciales. No obstante, no es cosa de equivocarse con esto, pues muchos repiten lo que hacen sin un ápice de mejora, sean cuales sean los años. En tal caso uno cae prisionero en los peldaños inferiores de su destino, no avanza.




Es aquí que el por qué empieza a tener relevancia. Pero lo primero es un deseo puro de bucear para lograr encontrar la parte sumergida del iceberg que no se ve. Comprendes que el juego de la vida consiste en esto y en lo que respecta a las artes marciales es exactamente igual. Saber dar un codazo en la boca a alguien no es aprender nada. Neutralizar a alguien pacíficamente es mucho saber, en cambio. Y hay secretos, se puede hacer daño a alguien con un solo dedo, pero solo después de haber buceado mucho. No está al alcance de cualquiera.

La mayoría de las artes marciales, tanto modernas como tradicionales, no están menos inmersas en la deshumanización del hombre que cualquier otra cosa de las se supone que hoy en día nos hacen la vida más fácil, y nada más lejos de ser verdad en la corriente moderna. Vivimos en una época en la que se carece de sentimiento, de sensación, de intuición, de instinto, pero es porque no se hace Keiko, no se mira hacia dentro de uno, ni a sus raíces.

A veces hay sorpresas, como darte cuenta de que la respiración es decisiva en la concentración, y que ambas generan un poder mucho mayor que la fuerza muscular. O que un golpe relajado (no del todo) es más penetrante que el realizado con fuerza muscular (este rebota). O que el impulso y rotación de las caderas, manteniendo el centro de gravedad bajo, es poder que se crea en el movimiento. O que dicho impulso genera una velocidad superior a la de la contracción muscular (si se entiende bien cómo hacerlo), etc. Pero hace falta una actitud diferente a la de hacer deporte: Keiko. Por eso Keiko es un entrenar con sentimiento, un compartir de la propia reflexión y avance.